Hijos de Tomás

 marzo 17, 2023      por Sergio Vicente

Lujo clandestino

La Ley Seca fue derogada en 1931 en Estados Unidos y nunca proclamada en Hijos de Tomás. En España no existió esa ley como tal, pero la época de posguerra y la más estricta dictadura no fue exactamente la etapa de la diversión.

En consecuencia, cuando pasaron los últimos años 40 y despuntaban los 50, un mínimo atisbo de libertad embriagaba la capital en un furor nocturno de alcohol, música y famosos, que la historia denominó Dolce Vita madrileña. En “Arde Madrid” puedes ver cómo era esa época. En Hijos de Tomás, puedes vivirla.

Hijos de Tomás

New York, 1932. Podría ser, ¿no?

La noche madrileña se multiplica, camaleónica. Puede ser callejera en la plaza Dos de Mayo, aérea en las azoteas de Gran Vía, bien underground en los garitos periféricos… y totalmente clandestina en coctelerías que nadie ve desde la calle. Un portero emula a un botones de hotel, en voz baja nos saluda y nos señala unas escaleras que bajan elegantes hacia la nada.

Bajamos despacio hacia lo desconocido y de aquella nada surgen dos puertas que, a modo de bienvenida a la mansión Drácula, se abren solas. Lo tenebroso del momento da paso fugazmente a un espacio recatado, diáfano, de suelos y paredes marrón oscuro, iluminado tenuemente por luces bajas y velas. La sombra predomina. El ambiente en Hijos de Tomás se mantiene, todavía, tranquilo.

Hijos de Tomás

Los dos primeros combatientes.

El estilo americano de la barra y la decoración nos introduce sutilmente en una película. Miramos y buscamos al típico camarero con un trapo limpiando el mostrador, a los gangsters de sombrero y tirantes, a la femme fatale de vestido de lentejuelas, cigarrillo y misteriosa caída de ojos. No dimos con estos personajes arquetípicos, pero en su lugar nos encontramos con Ana, una simpatiquísima manager que nos contó algunos secretitos del lugar.

Por ejemplo, para los chismosos, el nombre de Hijos de Tomás hace referencia a los posibles vástagos que el bueno (o malo, no supimos) de Tomás dejó por el mundo en sus múltiples viajes. También nos contó los homenajes que brindan los cócteles, pero eso merece párrafo aparte.

Hijos de Tomás

Es un sitio de cócteles, pero la croqueta se respeta.

Desde los nombres a los ingredientes, enseguida supimos que estábamos ante unos cócteles diferentes y diferenciales. La selección parecía Brasil del 70: Cox, por Jennings, el creador del daiquiri; Madonna Lips por lo obvio, Compay por el Segundo; Winston por el ministro inglés; o La Llorona por la leyenda mexicana.

Toda la carta persigue esa distinción personal encarnada en un personaje y casi todos los cócteles contienen una variación con el sello de Hijos de Tomás. Os cuento los que probamos, seguidme.

Hijos de Tomás

¡Hijo de la luuuuuna…!

La dama misteriosa que me acompañaba arrancó por un South Face, una carretera secundaria del South Side inicial. El nombre tiene su historia: mantiene el South por el sur español, representado mediante una manzanilla de Sanlúcar; y cambia el Side por el Face rememorando los cócteles que acompañaron a Tony Montana (Scarface) durante la película.

La ginebra de base se ve eclipsada, en un primer momento, por la frescura de la menta y el pepino. Mientras tanto, yo degustaba un Cox, un monumento al daiquiri y a su inventor, Jennings Cox, que fue ingeniero en minas de carbón. En recuerdo de esto, al daiquiri original le pintan una raya negra de carbón fabricado con glucosa. Visualmente atractivo y ácido de la lima mediante, este trago bailó con el ahumado de la salsa de las patatas bravas como Fred Astaire con Ginger Rogers.

Hijos de Tomás

Habla la leyenda de una dama misteriosa que opacaba el color.

La ensaladilla rusa, provocativa a la luz de las velas, hizo de puente entre la primera y la segunda ronda de cócteles. De un sabor más tibio que las bravas, de cuando en cuando explotaba una piparra en la boca y dibujaba una sonrisa en nuestras caras.

Mi acompañante se pintó los labios con el rojo de un Madonna Lips y el paladar con su sabor dulzón. El vodka estaba más que suavizado por el pacharán, los arándanos y el melocotón. Arriba, por sombrero, llevaba un cracker de frutos rojos que crujía antes de cada trago.

Mi segundo elegido fue un Compay contundente y al mismo tiempo, a ver si me hago entender, muy líquido. Me refiero a que el trago, a pesar del ron y el vermut rojo, es fácil y deja su huella. En palabras de Ana, un cóctel con “personalidad”, porque a los alcoholes base se les prende un licor de tabaco en homenaje a Compay Segundo.

Ah, y no quiero olvidar las croquetas con una boina de alioli y un toque de pimentón. Recomiendo comerlas de un solo bocado, para experimentar su cremosidad rompiéndose en la lengua y su textura airosa, por la suavidad.

Hijos de Tomás

Este cóctel ya lo puse, pero me encantaba esta foto.

A medida que ocurrían los eventos que describo, el local se fue llenando, la música en directo animando el ambiente e incluso hubo algún asistente que se atrevió a subir al escenario, con exitoso resultado. Además, el pianista accedía a peticiones y se creó una atmósfera de comunidad y camaradería que invitaban al contoneo y al tarareo colectivo. Sonaron clásicos de Frank Sinatra o Billy Joel y, en el terreno patrio, sonaron las míticas de Mecano, Miguel Ríos o Extremoduro.

En resumen, un bar clandestino, de reminiscencias americanas, nocturno y colectivo, con unos cócteles personalísimos y una comida que combina como guante de seda.

Datos de Interés:

Qué: Hijos de Tomás, coctelería

Dónde: Plaza del Carmen

Cómo llegar: Metro Gran Vía (L1, L5)

Horario: Jueves 19:00-02:00 | Viernes y sábado 20:00-03:00

Precio: 14€ / cóctel

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